Or else forget about it...
Hace unos meses recibí una llamada telefónica: '¿Seeker?' 'Sí, soy yo'. 'Te llamo de Pasapalabra'. Y de golpe recordé que hubo un tiempo en el que yo solía sentarme en el sofá, al final del día, y jugaba con S. a completar el rosco. Recordé a una concursante especialmente repelente. Y mis ganas de ir allí para darle una paliza -dialécticamente, claro. Hace una vida.
'Te voy a hacer una prueba'. Y empezó a bombardearme a base de definiciones. Las respuestas fueron aflorando a mis labios, casi sin pensar. No fue difícil. 'Enhorabuena, la has pasado. En breve nos pondremos en contacto contigo, para hacer otra, ya con cámara, en tu región'.
Y en breve resultaron ser casi cuatro meses. Un viaje relámpago a la capital, una espera en la que me dediqué a evaluar cómo afrontaban los nervios el resto de candidatos, un número asignado y una presentación ante la cámara. 'Soy intérprete. Aunque siempre me preguntan si soy actor de doblaje'. '¿Alguna afición?'. 'Bueno, más que afición, es un trabajo: los videojuegos. Bueno, y la doma de universitarios. En cuanto a aficiones, hasta hace unas semanas fui teclista de una banda de heavy metal'. '¿En serio? Nadie lo diría por tu aspecto'. 'Es que vengo a un casting, no a un concierto'.
Dos nuevos roscos. El primero, aceptable. El segundo, imposible:
'Con la Z, apellido del atleta olímpico húngaro que obtuvo una medalla de oro en los Juegos de 1968'.
Silencio.
'No lo sé'.
'Pues ya está. Gracias por venir. Puedes irte'.
Y, tan inesperadamente como surgieron, se acabaron -antes de empezar- mis 20 minutos de gloria. Y volví a mi rutina, satisfecho por el aprendizaje, aunque no haya estado a la altura.
Por cierto, la respuesta era Zsivótzky.


Mola tener esa experiencia, pero vamos, la preguntita con la Z tiene mandanga...